Historias de Monólogos Capítulo 1 “la piscina”

Historias de monólogos Capítulo 2 “el cásting”
25 agosto, 2017

Historias de Monólogos Capítulo 1 “la piscina”

Andrés Vitriol tenía esa noche una actuación en las piscinas municipales de un pueblo cercano a Soria.

No se podía decir que se trataba de un sitio idílico para desarrollar el trabajo de cómico en la disciplina del stand up, pero había que aprovechar la temporada de verano, que luego en invierno el trabajo se ponía cuesta arriba. El stand up comedy viene a significar “la comedia en vivo”, algo así como que un tío se pone a hablar durante algo más de una hora delante de un micrófono con la única ayuda de los textos que ha ido memorizando con el tiempo.

A principios de los 90, esta disciplina empezó a coger mucha fuerza en algunos de los teatros de España, donde la gente en la mayoría de los casos pisaba por primera vez un teatro para ir a ver a Pepe Rubianes. Aunque el stand up propiamente vino de los Estados Unidos, donde habitualmente se hacían en clubes de comedia.

La cercanía que poseían los monólogos, hizo que un día dejaran de representarse exclusivamente en las salas de comedia para que se empezasen a representar en discotecas, pubs, bares, chiringuitos de playa, despedidas de solteros, cenas de empresas o piscinas de pueblos. Los hosteleros empezaron a utilizar como reclamo a los monologuistas, frente a los grupos de música, que conllevaban muchos ruidos, gran número de componentes, horas de montaje, etc; resultaba mucho más práctica la contratación de un tipo que no se tenía ni siquiera que disfrazar en la mayoría de los casos.

El margen de beneficio para el hostelero era suficiente como para no tener ni que cobrar entrada a los clientes, que en la mayoría de casos podían ver el monólogo a cambio de una consumición.

Ver la actuación de Andrés Vitriol no era gratuito. Había que por lo menos cenar  un bocadillo. Eso si tenías la suerte de poder encontrar mesa.

El bar de la piscina triplicaba la clientela los días de monólogos. Juan el propietario también aumentaba personal. Entre su mujer, su cuñada y su hija se apañaban para llevar las casi 20 mesas de la terraza  para que todo saliera perfecto.

Primero la cena, y cuando acababa la cena empezaba el monologo. A la media parte 15 minutos de descanso, momento que aprovechaba Juan para vender los cubatas y aumentar la caja. En ocasiones estos 15 minutos se convertían en 35.

A Andrés Vitriol le gustaba llegar con el tiempo justo a los “bolos” o “pases”, nombre con el cual se conoce a las actuaciones en el mundo de la farándula, y aunque en la mayoría de los restaurantes donde iba a actuar le invitaban a cenar, el prefería, por una cuestión de nervios, cenar más tarde. Motivo por el cual Andrés llegó solo media hora antes de la actuación.

No era la primera vez que iba a las piscinas de Tozalmoro. El año anterior ya había estado y quedaron muy contentos.

En el aparcamiento recibió la llamada de Juan.

-¡Andrés!

-¡Dime Juan!

-¿Por dónde andas? Que llegas tarde.

-Estoy aparcando ya.

-¡Ah!… es que nos tenías preocupados.

-¿Qué pasa?… ¿qué ha empezado el monólogo ya?

-¿Eh?, ah! no!!!… jeje… es que como los otros cómicos siempre están aquí una hora, u hora y media antes de empezar para cenar con tranquilidad…

-No, gracias Juan, ya cenaré algo luego.

-Vale, ahora cuando entres te acabo de decir un par de cosas.

Andrés aparcó en un descampado que lindaba con el recinto de la piscina. Justo antes de entrar pudo ver su foto en un cartel junto a la de otros cómicos que completaban la programación del verano.

El público era lo esperado. Algunas mesas agrupadas, niños corriendo por el césped y junto al escenario una silla en primera fila con una niña de apenas 2 años intentando lamer sin éxito un cucurucho derretido de fresa que le había manchado por completo el traje de Hello Kitty.

-¡Cómo te has puesto Paula con el cucurucho! ¡Qué vas a asustar al monólogo!

Andrés devolvió una sonrisa de complicidad al que parecía ser el padre de la niña.

Existe una comunicación no verbal que se ha desarrollado en torno a los monólogos. Cuando el monologuista llega al lugar de la actuación, la gente te está esperando, sabe quien eres y te persigue con la mirada. Algunos con incredulidad, y los más optimistas con una ligera sonrisa durante el trayecto que va desde la puerta de entrada hasta el destino, que generalmente suele ser en la barra, donde se encuentra el jefe.

-¡Hola Juan!

-¿Qué pasa Andresito? Empezamos en cuarenta minutos más o menos. Me faltan 2 mesas y pasar los cafés. ¿Qué monólogo vas a hacer este año?

-¿Cuánto me vas a pagar?

-Lo mismo que el año pasado.

-Pues entonces voy a hacer el mismo del año pasado.

-Jajjajaja!!! que cabronazo que eres! Ya sabes que no podemos pagar más. Aquí todos cobran lo mismo. Óyeme una cosa. ¿Ves la mesa de allí?

-¿Aquella que son cuatro?

-Si. Pues no les digas nada. Que están pasando un mal momento.

-¿Y qué coño hacen viniendo a ver un monólogo si están pasando un mal momento? ¿qué pasa? ¿qué no se quieren reír?

-Yo que sé. A mí me han dicho que por favor no les digas nada que están pasando un mal momento. La gente en este pueblo es muy rara.

Si te tienes que meter con alguien, métete con aquel que tienes delante.

-¿El padre de la niña?

-¡Si! ¡Ese! ese!…métete con él que es un cachondo el tío.

 

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